Hay Caminos Que Solo Existen Unas Horas
- hace 10 horas
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Hoy la luna llena sirve para tres cosas. Para hacer fotos bonitas. Para cargar cuarzos. Y para que Instagram se llene de mujeres diciendo que "andan raras".
No tengo nada en contra de eso. Incluso yo me "siento rara" en luna llena muy seguido. Pero creo que, a veces, olvidamos una pregunta mucho más interesante.
¿Para qué servía la luna antes de que existiera Instagram?
Hace unos siglos servía para algo bastante menos romántico. Era una cuestión de supervivencia y nadie necesitó una aplicación para saber cuándo subiría la marea. Bastaba con mirar al cielo. Los pescadores sabían qué noches era mejor salir al mar. Los navegantes conocían cuándo un puerto sería seguro. Los agricultores organizaban parte de sus cosechas siguiendo los ciclos de la naturaleza. Y en algunos lugares de Europa ocurría algo increíble. Había caminos que aparecían cuando bajaba la marea... y desaparecían unas horas después. Si llegabas en el momento adecuado, cruzabas caminando. Si llegabas tarde, el mar decidía por ti. No importaba cuánto desearas cruzar. La marea no cambiaba de opinión. Lugares como Mont-Saint-Michel, en Francia.

Lo curioso es que nadie discutía si creía o no en la luna. Simplemente aprendían a observarla.
Porque la luna lejos de ser una creencia, era información.
Y creo que, en algún momento, olvidamos algo importante. Dejamos de mirar al cielo. Empezamos a mirar el reloj. El calendario. Las notificaciones. La productividad.
Y poco a poco empezamos a vivir como si todos los días fueran iguales. Como si siempre fuera momento de hacer. De avanzar. De producir.
Como si la naturaleza siguiera teniendo ciclos... menos nosotras.
No sé si la luna cambia cómo te sientes. Lo que sí sé es que nuestros antepasados entendían algo que nosotros hemos dejado de practicar. Sabían observar. Sabían esperar. Sabían que hay momentos para sembrar, momentos para cosechar, momentos para avanzar. Y momentos en los que lo más inteligente no era remar más fuerte. Era dejar que cambiara la marea.
Quizá por eso me gusta tanto mirar cada luna llena porque me obliga a hacer una pausa, a preguntarme si sigo caminando hacia el lugar correcto. O si llevo demasiado tiempo empujando una puerta que hoy no se va a abrir. No es que crea que el universo me resuelve la vida esa noche.
Nuestros antepasados sabían que no todos los días eran iguales, que cada momento traía su propia tarea. Hoy el Diseño Humano nos recuerda algo parecido: cada luna llena activa una invitación distinta. Y esta vez, la invitación viene de la Puerta 41. La puerta donde comienzan todas las historias. No habla de actuar. Habla de algo mucho más difícil. Imaginar.
Porque toda creación empieza mucho antes de convertirse en realidad.
Empieza cuando todavía nadie la ve. Cuando solo existe como una posibilidad. Como una conversación contigo. Como una imagen que vuelve una y otra vez, aunque intentes ignorarla porque parece demasiado grande, demasiado poco práctica o demasiado tarde.
Y aquí creo que nos pasa algo curioso. La mayoría de nosotras no usa la imaginación para crear un futuro. La usamos para ensayar problemas que todavía no han ocurrido. Imaginamos toooodo lo que puede salir mal. La conversación incómoda. El fracaso. La pérdida. El rechazo. Y sin darnos cuenta entrenamos a nuestra mente para encontrar exactamente eso.
Quizá esa sea la verdadera práctica de esta luna. Pide revisar las historias que llevas meses contándote en silencio. No manifestar, no controlar, no forzar.
Porque antes de existir en tu vida... Toda realidad comienza como una posibilidad.
Eso también lo sabían nuestros antepasados. Miraban la luna porque les permitía anticiparse a lo que estaba por venir, no porque cambiara la marea por arte de magia. Quizá hoy siga sirviendo para lo mismo.
Solo que el viaje ya no ocurre en el mar. Ocurre dentro de ti.

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