La Epidemia Silenciosa
- 14 ene
- 3 Min. de lectura
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Hoy quiero hablar de algo que creo que no es tan popular.
Yo lo veo como una epidemia que se vive en silencio.
Es toda esa anestesia que estamos normalizando.
No sé cuándo empezó, pero siento que es el otro lado del péndulo.
Venimos de una generación que no se escuchaba.
Donde las cosas se hacían porque sí.
Porque así se usaba.
Porque así lo habían hecho las mujeres antes.
Porque así lo marcaba la sociedad, la familia o el clan.
Ellas nos prepararon el terreno para poder escucharnos.
Para poder elegir diferente.
Para no vivir en piloto automático.
Para poder vivir de lo que nos gusta.

Hoy ya no hacemos las cosas solo porque así se hacen.
Ni porque alguien lo dicte.
Hoy nos escuchamos más.
O al menos eso intentamos.
Pero siento que nos fuimos al otro extremo.
Porque en ese escuchar no solo escuchamos lo que sí queremos,
también escuchamos lo que duele, lo que incomoda…
y ahí ya no pudimos.
Quizá antes también lo escuchaban.
Pero había una fuerza muy clara:
la de hacer lo que se tenía que hacer.
Esa fuerza los llevaba a seguir adelante a pesar del dolor,
sin anestesiarlo.
Hoy siento que caímos en otro extremo.
En un abuso de los avances de los que hoy disfrutamos.
Avances en la medicina.
En la tecnología.
En nuestra libertad también.
Y es impresionante la desconexión que vivimos hoy.
Desconectadas de nuestro ser.
Desconectadas de transitar el dolor.
Desconectadas de observar nuestra sombra.
Como si estuviéramos anestesiadas.
Y todo por evitar la incomodidad.
Estamos abusando de los fármacos.
De las redes.
De los aparatos.
De la comida.
Nos estamos volviendo adictas a adormecer el dolor.
Y además, de una forma silenciosa.
Tan silenciosa que ni siquiera nos estamos dando cuenta.
Si algo de lo que estoy diciendo te resuena,
si te incomoda,
si sientes un nudo en el pecho
o en la garganta,
o una sensación difícil de explicar…
quiero que sepas algo:
no estás sola.
Muchas mujeres están viviendo esto mismo,
aunque no lo digan,
aunque por fuera todo parezca estar “bien”.
Y no, no es cómodo darte cuenta.
No es agradable mirar el dolor
que llevamos años evitando.
No se siente bonito atravesarlo.
Pero tampoco estás mal por sentirlo.
No es una falla tuya.
Es una señal
de que algo en ti
ya no quiere seguir dormido.
Quizá has intentado anestesiarlo
de muchas formas.
Y tiene sentido.
Era la manera que encontraste
para sobrevivir.
Pero quiero decirte algo
con mucha claridad
y mucho respeto:
sí hay salida de eso que estás viviendo.
sí hay otra forma de habitar tu vida.
No es inmediata.
No es lineal.
Y no es sin incomodidad.
Y quizá tampoco está
donde crees que está.
Pero del otro lado
de ese dolor que hoy evitas
está tu expansión.
Tu plenitud.
Una forma de vivirte
que hoy quizá
ni siquiera imaginas posible.
Y no tienes que atravesarlo sola.
Acompañar procesos así
es parte de lo que hago.
Porque yo también he tenido que aprender
a dejar de huir,
a dejar de anestesiar,
y a quedarme con lo que duele
para descubrir
lo que se abre después.
Y quizá,
si empezamos a atravesar lo nuestro
con un poco más de honestidad
y menos anestesia,
también podamos empezar
a mirarnos distinto entre nosotras.
Con más empatía.
Con menos juicio.
Porque no sabemos
lo que la otra
está sosteniendo en silencio.
¿Qué pasaría si en lugar de adormecer lo que duele,
te dieras permiso de atravesarlo…
sabiendo
que no estás sola?
Con amor,

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